de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da el no creer en nada"
Era la
estrofa que más me llamaba la atención de “Las Moscas”. Ya mayor supe que en
realidad era un poema de Machado, musicalizado brillantemente por Serrat. Era
una de mis canciones favoritas del carreteado cassette que mi madre escuchaba
insistentemente durante mi infancia, junto con los clásicos de la “Nueva Ola”,
los Beatles (aunque se quedó “en la peor etapa”, según mi hermano, y según yo “nadie
puede preferir “Love me do” a “I am the warlus”) y (horror) Julio Iglesias o
Alberto Plaza.
Cuando era
por primera vez inocente, no comprendía aquello de “creer en nada”. Menos aún,
cómo podías ser inocente dos veces. Pero con el paso del tiempo eso fue
cobrando sentido, sin que me diera cuenta. Cuando eres pequeño el mundo se
presenta ante tus ojos como un espacio infinito listo para ser descubierto y
explorado. Cuando eres adolescente, crees tener las respuestas y saber más de
lo que sabes. Y luego, los caminos son múltiples. En mi caso, muchos de mis
prejuicios y rígidos conceptos fueron estrellándose contra la realidad hasta
hacer de mí lo que siempre intuí: Una persona escéptica. Un ser curioso e
inquieto que teme muchas cosas, pero no a dudar y cuestionarlo todo. Parece
contradictorio, pero desde que lo comprendí duermo mucho mejor por las noches.
El hombre es soberbio al pretender alcanzar “la verdad”, cuando una de las
pocas cosas ciertas es que somos demasiado limitados para llegar a comprender
el universo que nos rodea. Nuestra existencia es efímera, y en 80 o 100 años es
poca la experiencia que se puede acumular comparada con cientos de miles de
millones de años durante los cuales nuestra roca cubierta de agua ha girado en
torno al sol. Y seguirá girando, con o sin nosotros, y un buen día
probablemente deje de hacerlo y se transforme en polvo de estrellas, basura cósmica
o como quieran llamarle.
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