viernes, 1 de junio de 2012

Creer en nada

"Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia, 
que da el no creer en nada"


Era la estrofa que más me llamaba la atención de “Las Moscas”. Ya mayor supe que en realidad era un poema de Machado, musicalizado brillantemente por Serrat. Era una de mis canciones favoritas del carreteado cassette que mi madre escuchaba insistentemente durante mi infancia, junto con los clásicos de la “Nueva Ola”, los Beatles (aunque se quedó “en la peor etapa”, según mi hermano, y según yo “nadie puede preferir “Love me do” a “I am the warlus”) y (horror) Julio Iglesias o Alberto Plaza.

Cuando era por primera vez inocente, no comprendía aquello de “creer en nada”. Menos aún, cómo podías ser inocente dos veces. Pero con el paso del tiempo eso fue cobrando sentido, sin que me diera cuenta. Cuando eres pequeño el mundo se presenta ante tus ojos como un espacio infinito listo para ser descubierto y explorado. Cuando eres adolescente, crees tener las respuestas y saber más de lo que sabes. Y luego, los caminos son múltiples. En mi caso, muchos de mis prejuicios y rígidos conceptos fueron estrellándose contra la realidad hasta hacer de mí lo que siempre intuí: Una persona escéptica. Un ser curioso e inquieto que teme muchas cosas, pero no a dudar y cuestionarlo todo. Parece contradictorio, pero desde que lo comprendí duermo mucho mejor por las noches. El hombre es soberbio al pretender alcanzar “la verdad”, cuando una de las pocas cosas ciertas es que somos demasiado limitados para llegar a comprender el universo que nos rodea. Nuestra existencia es efímera, y en 80 o 100 años es poca la experiencia que se puede acumular comparada con cientos de miles de millones de años durante los cuales nuestra roca cubierta de agua ha girado en torno al sol. Y seguirá girando, con o sin nosotros, y un buen día probablemente deje de hacerlo y se transforme en polvo de estrellas, basura cósmica o como quieran llamarle.

Una vez alguien me dijo que lo que más le atemorizaba de morir era que luego de que muriera la última persona que le había conocido, nadie le recordara. Otra persona una vez me dijo que prefería mil veces que le odiara a serme indiferente. Y a mí, humildemente, me parece que se dan demasiada importancia y se toman las cosas muy en serio. Porque hasta la marca que deje el hombre más grande será pequeña comparada con la inmensidad del todo, y comparada con las que seres anónimos como tú y yo podamos dejar, no habrá mucha diferencia. Es por esto que la mayoría de la gente siente un vacío en el estómago y una desagradable angustia en el pecho cuando está solo frente al mar, y ni hablar del desierto. Porque la naturaleza te echa en cara que casi eres nada… pero hey, es “casi”. El “casi”, es tuyo. Y ahí está lo que amamos y lo que odiamos, el frescor de un té verde helado con limón en un día de calor y un chocolate caliente rebosante de crema que se va directo a tu trasero en invierno. La ira que te provoque la injusticia y el regazo de tu madre, que te considerará por siempre una niña aunque tengas 20, 30, 40 o más. Tus mascotas moviendo la cola y el libro que no puedes dejar aunque al día siguiente te arrastres fuera de la cama, los amigos de siempre y aquellos que te han decepcionado, o los que has decepcionado tú. En fin. Hay tanto sabor en esto de ser “casi nada”, que realmente, no encuentro sentido a preocuparse por no ser recordado hasta el fin de los tiempos o hacerse preguntas que nunca podré responder. Yo me las seguiré haciendo… Y seguiré amando el mar, como buena porteña, y amando el desierto, como Saint-Exupéry. Y estudiando el vuelo de las moscas, como hacía en la escuela entre bostezo y bostezo.



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